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Hay una pregunta aparentemente inocente que hacemos casi por cortesía:
—¿Qué tal estás?
—Uf, no paro. No tengo tiempo para nada.
Y lo curioso es que muchas veces lo decimos con una mezcla de agotamiento y satisfacción. Como si acabáramos de anunciar que nos han concedido un premio.
Tenemos la agenda llena. Completamente llena. Tanto que encontrar un hueco para tomar un café requiere una negociación digna de una cumbre internacional.
Y, por alguna extraña razón, eso parece estar bien visto.
Estar ocupada se ha convertido en una especie de reconocimiento social. Si no tienes tiempo, es porque tienes mucho trabajo. Si tienes mucho trabajo, es porque te necesitan. Y si te necesitan, será porque eres importante.
La lógica parece impecable. O quizá no tanto.
Porque hay algo que me resulta curioso: cuando alguien dice que tiene la semana completamente libre, rara vez pensamos que ha organizado estupendamente su trabajo.
Más bien nos preguntamos si le irá bien el negocio.
¿Desde cuándo disponer de tiempo se ha convertido en algo sospechoso?
Durante años hemos aprendido a llenar nuestras agendas con compromisos, reuniones, llamadas y tareas. Algunas necesarias. Otras que probablemente podrían esperar. Y unas cuantas cuya utilidad sería interesante investigar.
Pero lo verdaderamente llamativo no es que tengamos mucho que hacer.
Es que hemos convertido esa circunstancia en una carta de presentación.
—¿Cuándo podemos vernos?
—Imposible esta semana. La próxima también la tengo fatal.
Y casi parece que la respuesta adquiere más valor cuanto más lejos queda el primer hueco disponible.
No sé en qué momento empezamos a medir nuestra relevancia profesional por la dificultad de encontrarnos.
Tampoco creo que tener una agenda despejada sea necesariamente sinónimo de haber encontrado el equilibrio perfecto. Hay épocas de muchísimo trabajo, imprevistos y responsabilidades que no desaparecen por mucho que nos organicemos.
Pero quizá deberíamos dejar de contemplar el agotamiento como una credencial profesional.
Porque una agenda llena puede significar muchas cosas. Y no todas son motivo de celebración.
Hace tiempo que dejé de responder a la pregunta «¿qué tal estás?» con un inventario de todo lo que tengo que hacer. Simplemente, dejé de sentir la necesidad de contar lo ocupada que estoy.
Y resulta curioso, porque seguimos viviendo en un entorno en el que parece que cuanto menos tiempo tienes, más importante eres.
Quizá lo verdaderamente revolucionario no sea conseguir una agenda vacía, sino dejar de utilizar una agenda llena como carta de presentación.
Al fin y al cabo, estar ocupada no es un mérito en sí mismo.
Y tener tiempo tampoco debería necesitar una explicación.